Atardecer

Atardecer
Septiembre 2009

miércoles, 7 de agosto de 2013




Disco de pizarra con Isas y Folías cantadas por Sebastián Ramos. Estado actual del viejo gramófono.

domingo, 4 de agosto de 2013

DEL GRAMÓFONO AL PICK UP

Hoy, cuando los CD están pasando a la historia ante el tsunami de internet, hablar de gramófonos es como remontarse al Paleolítico Inferior. En los años veinte del siglo pasado llegó de manera fortuita a casa de mis abuelos paternos un gramófono, que a diferencia de los de trompeta, era de mueble.  No es que mis abuelos tuvieran demasiado interés en tener un artilugio de semejante modernidad, pero el gramófono se introdujo en sus vidas a través de un sorteo benéfico llevado a cabo por las fiestas del Cristo de La Laguna en esos años.

Llegado el gramófono aparecieron poco a poco los gruesos y pesados discos de pizarra. Música clásica, entre ella una impresionante "Cabalgata de las Walquirias" de Wagner, que cuando se iba acabando la cuerda se desinflaba como un globo de feria, produciendo un sonido extraño, entre divertido y patético. Junto a los discos serios aparecieron ejemplares de foxtrox, charlestón y otras músicas capaces de enloquecer a la gente joven, como la editada por la marca Brunswick, titulada "Del tango al fox", con Pilar Castillejos como intérprete vocal acompañada por la orquesta "Los Castillans", y Angelina Bretón con la orquesta "Los Bolivios", que cantaba con gran ánimo los conocidos temas "El negro Simón" y "Al Uruguay".

Más en serio era el disco del barítono Marcos Redondo, muy conocido después en Tenerife a través de aquellos Carnavales descafeinados que se llamaron Fiestas de Invierno, de la que fue estrella indiscutible con los Fregolinos en sus conciertos de la Plaza del Príncipe. En el viejo disco de pizarra interpreta música cubana,  "Los camagüeros" y "Mi vieja".

En esa discoteca no falta la música clásica a través de, entre otros discos, La Favorita de Donizetti o La Traviata de Verdi, interpretadas por el barítono Giovanni Albinolo. Algunos entendidos en ópera afirman que Albinolo era hijo natural del famoso tenor dramático Francesco Tamagno (1850-1905), mientras que alguno afirma que simplemente era amigo. De cualquier manera Tamagno, que a su vez era amigo del gran Julián Gayarre, era lo que en italiano se llama "ragazzo padre" (padre soltero), por lo que no es improbable que fuera efectivamente padre de Albinolo.

Mención aparte merece el disco del tenor Miguel Fleta (1897-1938), gran rival de otro grande, Hipólito Lázaro (1887-1974), y a los que mi abuelo conoció personalmente en su estancia en Madrid en el año 1922, dado que era asiduo del Teatro Real.

Y también, como no, llegó el folclore canario, representado por los primeros discos que grabó Sebastián Ramos el Puntero. Esto requiere un pequeño relato histórico porque da pie al inicio para el gran público de la carrera de tan ilustre cantador isleño, iniciador de una saga familiar que aún perdura para el bien del acervo cultural de Canarias.

La casa Odeón ofreció a mi abuelo la posibilidad de grabar un disco de folclore canario. Mi abuelo no tenía una voz muy potente, pero cantaba con gusto y estilo y con coplas novedosas. Baste recordar aquella para Malagueña que dice: "Dios bendiga a los cipreses y a las flores amarillas, que acompañan a los muertos cuando todos los olvidan". Con ella arrasó mi abuelo en un concierto dado en el Teatro Teoblado Power de La Orotava en los años diez del siglo pasado.

Pero volvamos a Sebastián Ramos. Para aceptar la oferta mi abuelo Víctor debía trasladarse  a Madrid para llevar a cabo la grabación, cosa que no podia hacer en aquel momento, y conociendo las dotes musicales de Sebastián Ramos le trasladó a él la oferta. Así se inició un proceso que todos los canarios conocemos y podemos disfrutar a través de las grabaciones sucesivas que el gran maestro nos brindó a lo largo de su dilatada existencia. Ese gesto de mi abuelo consolidó una gran amistad entre ambos, hasta tal punto que mi abuelo Víctor fue invitado por Sebastián Ramos para que fuera el padrino de su hijo.

De Sebastián Ramos conservamos un disco de pizarra dedicado a Folías y Malagueñas, con acompañamiento a la guitarra de Carmelo Cabral (1881-1956). Lamentablemente es muy difícil de reconocer la letra de las coplas, aunque el estilo y entonación de Sebastián Ramos está presente en el disco, así como el virtuosismo del maestro Cabral.

En cuanto a música canaria se refiere conservamos un disco interpretado por el tenor Pepe Romeu, titulado "Hijas del teide (sic) gigante", y otro de "Malagueñas Estilo Canario" por Antonio Pozo el Mochuelo (1868-1937), un cantaor de flamenco que era payo y que grabó esa curiosa versión de las Malagueñas. También poseemos un disco de "Folías Tinerfeñas", interpretado por Pilar García, con letra de Diego Crosa y Ramón Baudet, con acompañamiento de orquesta, así como los "Cantos Canarios" de Power por la Orquesta Filarmónica de Barcelona.

La anécdota de la llegada del gramófono a La Punta la protagonizó la chiquillería de la época, que tocaba a la puerta para oír aquella maravilla de la técnica. Desconfiados, pensaban que aquello tenía truco y que había algún hombre escondido dentro de la máquina que hacía que funcionara y a la vez cantaba. Esta simpática anécdota nos muestra algo que todos hemos sentido en alguna ocasión, y es la curiosidad y la sorpresa ante los inventos que se han ido incorporando a nuestra civilización.

El siguiente paso sonoro lo protagonicé yo en mi adolescencia, cuando me regalaron un "pick up" de los de maleta, de la marca Grundig, y que a diferencia de los pequeños que solían llevarse a los guateques de la época, éste era de madera y pesaba como un saco de cemento. A La Punta llegó con el disco de la última edición del Festival de Eurovisión, 1965,   el que que ganara France Gall con su "Poupée de cire, poupée de son". Era también la época de la tele en blanco y negro, que había llegado a las Islas el año anterior. Los discos de vinilo tenían, como no, diferentes títulos, predominando el primer pop junto con las nostálgicas melodías italianas y más tarde los Beatles y los Rollings.

Hay que decir que en aquella época un "pick up" no despertó la misma curiosidad que en su momento lo hizo el viejo gramófono de mis abuelos, pues ya habíamos entrado en la época de la llegada de artilugios y cachivaches electrónicos cada vez más sofisticados y que están acabando con nuestra capacidad de asombro.

lunes, 23 de abril de 2012

Tertulias punteras. Foto de la izquierda, de pie Luis Ramos Falcón  y Antonio Núñez; sentados, 1º izqda. Celestino Ramos; 3º izqda. Víctor Núñez (noviembre 1947)
Foto de la derecha, verano 1941

TERTULIAS DE GENTE GRANDE

Entiéndase lo de "gente Grande" por gente mayor, o lo que a mí me parecía como gente mayor desde mi perspectiva de los diez o doce años. Aquellas eran tertulias mañaneras, sin convocatoria previa y sin más pretensión que pasar un rato con amigos y conocidos. Sobre las diez de la mañana, sin que hubiera llegado aún la prensa que traía la guagua de las once, iban acercándose poco a poco los habituales personajes. Con un cortés "buenos días" se iban acomodando en un banco de cemento que estaba delante de la casa y que mi abuelo mandó a fabricar en los años veinte. Los que no tenían acomodo en el banco se sentaban en la acera que había al frente de la casa.

Recuerdo de manera especial las tertulias desarrolladas en las mañanas de marea baja, en las que apenas se oía el murmullo de la mar acompañando rítmicamente las conversaciones. El aire a esas horas era limpio, transparente, mezclando en perfecta armonía los sonidos cotidianos, desde el sincopado de la Máquina del Agua hasta la copla de alguna mujer en medio de sus faenas caseras. La curiosidad me llevaba a unirme a aquellas interesantes conversaciones en las que intervenían como contertulios habituales mi abuelo y mi padre, Celestino Ramos, Miguel el del Espigón, Rafael el Cojo y mi tío Carlos. A ellos se unían de manera ocasional alguno de los que pasaban por allí, que tras los saludos de rigor dejaban sus obligaciones y se enfrascaban en los temas que se trataban de manera espontánea. Alguna que otra vez se sentaron en la tertulia Manuel el de Segunda, Isidoro el de Sinforosa, Antonio el de tía María, ...

Los temas eran variados, una verdadera miscelánea de recuerdos, fechas, predicciones basadas en las cabañuelas, anécdotas de la mar y de tierra adentro. Dependían del estado de ánimo colectivo o de las noticias que llegaban con sordina desde las líneas del periódico. Pero tres eran los habituales temas de conversación: la mar, la Guerra Civil y un surtido de anécdotas más o menos divertidas que cada uno de ellos atesoraba en su memoria.

Recuerdo con especial cariño una conversación que comenzó de la manera habitual, pero que llegó a términos surrealistas. Mi tío Carlos sacó a colación el tema de la Segunda Guerra Mundial, de la que era un verdadero experto. Todos comentaban cosas que sabían acerca de la misma, terciando en la conversación Miguel el del Espigón, aunque pronto todos se dieron cuenta que aquel relato no encajaba en lo que decían los demás. El resto de contertulios hablaba de desembarcos, de Japón, de la bomba atómica o de la campaña en el norte de África, y Miguel cada vez encajaba menos en los relatos que hacían unos y otros. El mismo, extrañado de que su conversación no estuviera en sintonía con lo que referían los demás preguntó de qué guerra estaban hablando, si de la del Catorce o de la "guerra nuestra", que era una manera eufemística para referirse a la Guerra Civil.

- "¡No, de la otra!", dijo alguien.
- "¿Qué otra?"
- "¡De la Segunda Guerra Mundial!"
- "Pero, ¿hubo otra guerra?"

Miguel el del Espigón vivió hasta los años sesenta sin tener noticia de aquel pavoroso conflicto, ni sabía quien era Churchil, ni Stalin ni Hitler. Y como no eran parte de su experiencia vital, tampoco le interesaron gran cosa. Dio carpetazo al asunto y siguió comentando sus temas habituales.