Atardecer

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Septiembre 2009

viernes, 15 de julio de 2011

GUAGUAS, TAXIS Y COCHES PIRATA


Posted by PicasaMi abuelo, Víctor Núñez Fuentes, en la terraza de la Punta.
    Autor de la fotografía: Víctor Nuñez García

GUAGUAS, TAXIS Y COCHES PIRATA (2)

Para ir "de quedada", que así se decía cuando comenzaba el veraneo oficialmente, se iba en taxi. Mi abuelo se adelantaba a mis padres en unos días, y mi hermana y yo marchábamos con él en el taxi de José Santana. Este taxista había sido chofer de mi abuelo durante años, y después de que mi abuelo vendiera el último automóvil que tuvo, José se sacó la licencia de taxista y lo fue de la parada de La Concepción durante el resto de su vida laboral. José Santana era un hombre orondo, calvo y afable, con una risa característica y muy propia de él. Sus ojos se achinaban cuando reía y su calva relucía más lustrosa en esas frecuentes ocasiones.

José Santana siempre estaba dispuesto a llevar a mi abuelo a cualquier parte, fuera a dar la vuelta a la isla, cosa que hacía dos veces al año pernoctando en Icod y en Granadilla, o para ir a la Punta o a Los Baldíos. Por otra parte, era el únco taxista capaz de aguantar las impertinencias del perro de mi abuelo, el Jolie (léase Yolí), un antipático can que solo hacía migas con su amo y con Ángela. El resto del mundo para él solo eran objetos para morder.

Los preparativos para irse una temporada a la Punta era divertidos, de auténtica película de cine mudo. Se empaquetaban las cosas más dispares, y junto a los efectos personales se llevaban garrafones de vino blanco y tinto, vinagre, papas, cebollas y cosas por el estilo, amén de un par de manojos de tollos recién comprados en la pescadería de Alfonsito y que olían a rayos. Cuando el taxi estaba colmado de artilugios y paquetes diversos comenzaba la maniobra de meter al perro en el coche, a lo que se resisitía como un  condenado a muerte. Pese a la advertencia de no darle de comer siempre le daban algo, y antes de llegar a la esquina de las Máquinas Singer (que era el nombre como se conocía popularmente en La Laguna a la esquina entre las calles Herradores y San Juan), ya el perro se había vomitado ...

Pero antes de que eso sucediera mi abuelo, que no participaba en nada de aquel trajín y cuando ya todo estaba acomodado en el coche, aparecía con su viejo maletín de viaje de principios de siglo y saludaba con cortesía a viandantes y conocidos descubriéndose la cabeza y anunciando su partida a la Punta del Hidalgo. Sinceramente, todo aquello nos causaba risa y lo pasábamos en grande, a pesar del dichoso perro y de ir medio sepultados por los bultos del veraneo.

Porque esa es otra cosa: no se trataba de pasar unas vacaciones o un fin de semana, conceptos que no se utilizaban, sino de ir de veraneo, es decir, de pasar todo el verano en la Punta del Hidalgo.

La entrada para llegara la casa era casi "triunfal", Toscalito abajo. El camino era por aquel entonces de piedras, tosca y tierra, empinadísimo aunque corto en trayectoria y polvoriento a más no poder. El taxi acababa como recién salido de la batalla de El Alamein, referencia que tomábamos, claro está, de las películas entrecortadas que veíamos en el cine puntero los domingos por la tarde. Después había que descargar todo aquello, pero eso era un asunto que no entraba en nuestras competencias. Simplemente salíamos de estampida al Arenisco a darnos el primer baño del verano ...

En la Punta, al menos en la Hoya, solo había dos taxis en activo, el de Natalio Gutiérrez y el de Juan Ramos, que además los usaban para surtir de mercaderías sus respectivas ventas. Ambos fueron personas muy activas y creativas para los negocios, lo que hoy se denomina emprendedores.

Un punto y aparte merece lo que podríamos llamar "la llegada del indiano", que en aquella época no emigraban a Cuba sino a Venezuela. Solía llegar en taxi y por sorpresa. El taxi comenzaba a tocar la pita de manera insistente desde que llegaba a la altura de Sabanda, por lo que se sabía que algo extraordinario iba a ocurrir, y solo cesaba cuando llegaba a la casa familiar entre lloros, risas, besos y abrazos ... Si esa era la llegada, la salida era más discreta, casi oculta, en el mismo taxi en el que había llegado meses o semanas antes... Se iba sin decir adiós. La familia, la tierra, la nostalgia ..., todo se llevaba en el discreto silencio del corazón en el viaje de retorno. Algunos nunca regresaron, quedando dormidos para siempre en el lejano Caribe, soñando tal vez con las olas punteras ...

Durante años las Guaguas de Palazón tuvieron un serio competidor, los llamados "coches pirata". Generalmente se trataba de taxistas clandestinos, personas que tenía una "rubia" Peugeot o similar que se apostaban en los aledaños de la parada de la calle del Jardín e invitaban a los viajeros a llegar más rápido a la Punta, con paradas en Tejina y Bajamar.

-"¡A precio de guagua!", era el reclamo dicho a media voz.

Tenía que ser un negocio rentable, porque al poco aparecieron microbuses ("micros" se les llamaba) que hacían el mismo trayecto y por el mismo sistema, lo cual no dejaba de ser una clara manifestación de competencia desleal. Hasta que no estaban llenos del todo no partían Carretera de Tejina adelante hacia su destino marinero. La incipiente bonanza de los años sesenta terminaron con ellos, y la práctica ilegal, supongo. El servicio de guaguas mejoró y comenzaron a aparecer los primeros utilitarios en la incipiente clase media, y los coches piratas fueron desapareciendo hasta quedar solo en la memoria de unos pocos... 

jueves, 14 de julio de 2011

GUAGUAS, TAXIS Y COCHES PIRATA (1)

GUAGUAS, TAXIS Y COCHES PIRATA (1)

En una época en la que con apretar una tecla nos colocamos virtualmente en las antípodas, lo que voy a intentar relatar puede resultar casi increíble. Según me contaba Ángela Gutiérrez Barrios, nacida bajamarera y lagunera por querencia, su padre, el señor Bernabé, trabajó de joven en la apertura de la carratera hasta la Punta del Hidalgo. Antes solo había un camino de tierra, designado pomposamente como Camino Real que al parecer al llegar a la altura del El Lobo, en Bajamar, descendía hasta la costa y bordeaba el Arenal para dirigirse hasta uno de los extremos más desconocidos de la isla de Tenerife, a aquel lugar en el que habitó el mítico Zebensui.

Me contaba mi narradora lo que ella había escuchado a su vez de boca de su padre, sin que ella misma, que había nacido en 1908, lo hubiera visto con sus propios ojos. Más de un obrero se mató derriscándose por Las Barranqueras mientras se hacían aquellas vueltas y revueltas que carcaterizaron la carretera de la Punta hasta no hace mucho tiempo. Su madre, seña Laura, le llevaba a su padre en un hatillo el almuerzo y el yantar, palabra que aún se usaba para la comida del mediodía. Años duros en una economía de subsistencia.

Con la carretera llegó la civilización. ¿Llegó?. Eso sí, llegaron las primeras guaguas, que eran de madera, y con ellas las cosas de la ciudad: prensa, alimentos y el tráfico de las pescadoras que antes iban y venían caminando para vender su mercadería. Recuerdo alguna de aquella guaguas de madera en las que llegué a subirme para ir o regresar de la Punta. Renqueantes y sólidas a pesar de su aspecto, encaraban la Cuesta de San Bernabé apurando sus fuerzas hasta alcanzar la altura máxima del repecho como una anciana asmática. ¡Pero llegaban!

Las guaguas se estacionaban en La Laguna en la antigua calle del Jardín, llamada después de Anchieta por aquel lagunero lejano que fuera fundador de Sao Paulo. Pero esas son otras historias, más importantes y mejor contadas que estas menudencias mías por gente especializada en esos menesteres.

Mi abuelo había tenido dos coches en época anterior a la Guerra Civil, pero los vendió y se aficionó a la guagua como medio de transporte. Le gustaba porque en ella podía establecer convesación con sus vecinos de asiento, trabar amistades y conocer gente nueva. De paso veía el paisaje y analizaba como estaban los cultivos de la zona por donde pasaba,especialmente las viñas teguesteras. Le recuerdo entrando en una de ellas en la parada de Pepe el Abogado en la Hoya a las siete y media de la mañana. Se quitaba el sombrero y saludaba en voz alta a la concurrencia, que le correspondía con un saludo colectivo. Era la época en la que todavía la gente se miraba a la cara y respondía a los buenos días...

En la guagua, durante toda la temporada de verano, nos llegaba diariamente la leche de la finca de Los Baldíos, junto con frutas, algunas verduras de temporada y "La Prensa", pues era así como seguía llamando mi abuelo al ya entonces denominado "El Día", con su obligado cangrejo en la portada. Mi abuelo le dio siempre su nombre de periódico republicano, pienso que por su amistad de toda la vida con D. Leoncio Rodríguez, resistiéndose siempre a usar el nuevo nombre impuesto por las circunstancias. Y eso que mi abuelo había sido concejal dos veces por el Partido Liberal Monárquico que lideraba D. Beníto Pérez Armas. El periódico era esperado con ansia, se leía con fruición y se comentaban las noticias en corrillo. Algunos de aquellos artículos eran leídos en voz alta y todos, pequeños y mayores, guardábamos una actitud reverente hacia el lector o lectora, especialmente cuando se suscitaba alguna polémica entre alguno de los periodistas o colaboradores del diario. Nada que supusiera que la sangre llegara al río, pero en una época en la que la libertad de expresión no existía aquello sabía a pastillas.

En la Punta no había luz eléctrica, por lo que la radio no se escuchaba y había necesidad de noticias de lo que podríamos llamar sin exageración "el mundo exterior".Quizá esto sea dicho con toda propiedad, pues la Punta del Hidalgo constituía un microcosmos aparte del resto de la sociedad tinerfeña de la época, un espacio dormido en el tiempo y mecido por el sonido del Atlántico... 

domingo, 10 de julio de 2011

JUEGOS DE MAR (2)



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Punta del Hidalgo, 1962. En El Arenisco.
Fotografía de Carlos González Rojas. Archivo Carmen y Víctor Núñez

JUEGOS DE MAR (2)

Según crecíamos íbamos ganando en autonomía e independencia, hasta tal punto que nos dejaban ir solos a la marea. Libres de la tutela de los adultos campábamos a nuestras anchas por los alrededores del Arenisco. Después de las mareas fuertes, cuando la mar de fondo arroja las algas a la costa (musgo en puntero), las mañanas o las tardes pasaban a tener un aliciente complementario: el revolcarnos en él, corretear, organizar pequeñas batallas doradas con un profundo olor a mar, para después regresar a casa exhaustos y oliendo al penatrante aroma que provenía del fondo del Atlántico...

Un lugar adecuado para ello era la Cueva Mejía, hoy desaparecida bajo el cemento del paseo marítimo junto con su casi gemela, la Cueva del Burro. Allí nos reuníamos unos cuantos, veraneantes y punteros, para llevar a cabo una batalla incruenta entre risas y empujones.

Aprendimos a pescar, a preparar las cañas y a colocar los azuelos en la "tansa" que comprábamos en la venta de Natalio; sabíamos donde estaban las lombrices más gordas, y supimos"curarlas" con tierra fina de la bajada al Arenisco. La verdad es que no pescábamos gran cosa, pues no nos aventurábamos más allá de los charcos de la orilla, pero en una época en la que todavía abundaban pejes verdes, alguna vicuda, palometas, fulas y los temidos roscacios, que iban a parar a los pequeños baldes de plástico. Cuando no había de eso nos conformábamos con los cabocios que pululaban en los charcos. Las viejas y otras especies mayores eran para gente adulta y curtida en la pesca de orilla, como Miguel el del Espigón y Eulogio el de la Máquina ...

Nuestra magra pesca la regalábamos a los gatos de Francisca la de Eleuterio, que se arremolinaban curiosos y golosos cuando regresábamos de nuestras aventuras pesqueras por los alrededores del Arenisco y el Charco Redondo. Alguna que otra vez pescamos con pandorga, escanchando previamente los erizos de mar.

Algo que nunca olvidaré es la sopa que hacía con ellos  Lele, en la que se mezclaban el intenso sabor a mar con del humo de cuando fueron asados para preparar el caldo.

Con los chicos de la Hoya Baja aprendimos a hacer barcos de latón, aprovechando las latas vacías de gasolina o aceite que siempre habían por el Puertito. A todos nos causaba envidia el barco que tenía Estebita, en el que cabia perfectamente y en el que se desplazaba por los aledaños del Roquete y del Puertito, con el consiguente resquemor de los que solo teníamos un pequeño barco que apenas medía dos palmos y se hundía cada dos por tres.

Dos veces durante el verano se hacían excursiones a dos lugares concretos: Las Furnias y el Arenal. La mejor de todas era esa última, porque al ser más lejos se preparaba con esmero. A lo largo de la costa se formaba una hilera de porteadoras, niños, adolecentes, mozalbetes y madres llenas de advertencias y amenazas ante lo traicionero de las corrientes de la playa. Con el paso de los años y la experiencia aprendimos a reconocer las corrientes, junto con las advertencias de los mayores: "Si te ves apurado deja que te lleve ..., acabarás en la máquina del Lobo..."

Llegar ya era una juerga, bañarse y dejarse revolcar por las olas en una playa de arena, otra. Y después la merienda, que se llevaba en cestones de mimbre y se repartía entre todos, presumiendo cada casa de su especialidad. Un lujo sencillo para una puesta de Sol.

El regreso resultaba cansino, agotados como estábamos por el exceso de ejercicio y la digestión. Era más silencioso,  con menos bullicio, pudiéndose escuchar entonces la voz que cantaba coplas con letras marineras:

"Con el rial de la noche
y el calor de la mañana
salen los barcos del puerto
y amanecen en la Habana"

O aquella otra que dice:

"Triste es la noche en la  mar,
triste es la noche sin luna,
pero más triste es amar
sin esperanza ninguna"

  
   Coplas viejas que ya nadie conoce ni canta.

sábado, 7 de mayo de 2011

JUEGOS DE MAR (1)

  Yo en El Arenisco, 1952. Fotógrafo: Carlos González Rojas

JUEGOS DE MAR (1)

    Un elemento fundamental de los recuerdos de los adultos es la infancia., y dentro de ese espacio vital, los juegos. Estos han ido evolucionando a lo largo del tiempo, pero en lo fundamental muchos de ellos consisten en aprovechar el entorno, la naturaleza, y a través de ellos ir descubriendo la vida. Por eso muchos de los juegos infantiles consisten en imitar las labores de los adultos. La sociedad en la cual vivimos ha hecho desaparecer, al menos en los medios urbanos, esos elementos de juego, y niños y jóvenes se encuentran inmersos en juegos electrónicos y cosas  similares que puede que no valoren en muchos casos los elementos esenciales de los juegos tradicionales, como son la camaradería, la amistad, la solidaridad,...

   Estar, vivir, al lado del mar conlleva sumergirse en la filosofía de la vida que él mismo transmite. El deleite de aprender a nadar, las competiciones espontáneas y ocasionales, el mariscar, los trucos de la pesca con anzuelo o con pandorga, los barquitos de hojalata...

  Los lugares de baño más habituales en la Punta se distribuían en tres zonas de la costa de la Hoya Baja: El Arenisco, el Roquete y el Puertito. Dependía la elección de gustos personales, de la edad o de la proximidad: Las Furnias, El Altarejo y el resto de la costa era para gente mayor, algo lejano y excéntrico para los chiquillos de la época. Se iba una vez en verano de merienda a Las Furnias o San Juanito, y no más.

   El Arenisco era el lugar más cercano, familiar y concurrido. El baño, naturalmente, dependía del estado de la marea, que para nosotros era alta o baja, subiendo o bajando. No era una marea muy sutil de definir la pleamar y la bajamar, pero sí práctica. En la década de los años 30 hubo en El Arenisco casetas de madera pintadas de colores, las cuales fueron construidas por varias familias de veraneantes para poderse cambiar en las mismas. En aquellos años, según me contaron los mayores, el momento del baño era distinto según sexo y edad. Primero acudían a la playa las mujeres y los niños, después los hombres. Ellas lucían unos bañadores de tela de mahón de confección casera, falda larga incluida, excepto una dama que, más atrevida y moderna, comenzó a usar un largo bañador de punto hecho a propósito.

   Cuando se retiraban señoras y niños llegaban los hombres y los jóvenes mayores, tocados todos ellos con sombreros panamá o canotiers, bañadores de tirantes y puro habano en ristre. Mi abuelo Víctor era uno de ellos. Cuando el Charco Redondo, hoy desaparecido engullido por la actual piscina, estaba practicable en la bajamar, mi abuelo llevaba una botella de Lacrima Christi de cosecha propia en su finca de Los Baldíos que se ponía a enfriar en el mismo Charco. Se llevaban copas de vino y se tomaba el aperitivo después del baño que no consistía, por cierto, en batir ningún record olímpico, sino en charlar animadamente con los sombreros puestos y terminarse mientras tanto el habano que se había encendido al bajar a la playa.

  Junto con mi abuelo participaban en el remojón-tertulia D. Manuel González, padre de la maestra, el Sr. Renshew, D. Celestino Ramos, D. Luis Ramos Falcón o alguno de sus hermanos, D. Elías González, D. Carlos Nóbrega y otros.

   No obstante, ya en los años cincuenta no había separación por sexo o edad. La chiquillería, siempre inquieta y revoltosa, deseábamos llegar al Arenisco cuanto antes pero las madres, en previsión de desmanes o presuntos ahogamientos, tenían que estar presentes en el momento del baño. Envidiábamos a rabiar a los muchachos punteros, que estaban ya nadando como pejes sin permiso ni supervisión de nadie. La cosa es que las madres se entretenían por el camino hablando de sus cosas, girando casi siempre la conversación en torno a la comida de mediodía, intercambio de recetas o alguna novedad llegada con la guagua que, además de gente, llevaba a la Punta provisiones y la prensa, que así era como se llemaba genéricamente el periódico El Día, recordando quizá su nombre de antes de la Guerra Civil.

   Esa extraña práctica, para nosotros, de ir retrasando la llegada a la playa constituía una incomprensible tortura, por lo que no quedaba más remedio que pedir permiso a gritos para adelantarnos, cosa que se daba habitualmente, pero con una severa advertencia: "¡No se metan en el agua hasta que lleguemos!"

   A esa voz dalíamos de estampida por la inestable vereda de tierra finísima que llevaba al charco y que bajaba por el costado de la casa de la familia Ramos Falcón, levantando con ello una polvareda increíble. Esa espera de unos solos minutos era insufrible, dándonos la impresión de que el mar se agotaba y no nos iba  a dar tiempo de disfrutar de él lo suficiente. Dejábamos las toallas y todo el matalotaje que llevábamos sobre el callao caliente y hábiles en caminar sobre ellos nos sumergíamos hasta las rodillas en El Arenisco, preparados para lanzarnos al agua nada más ver las figuras, para nosotros ceremoniosas y lentas, de nuestras madres que llagaban enfrascadas en su conversación.

   El saber nadar era para nosotros algo lógico. Ninguno de nosotros recibió clases de natación; aprendimos por imitación y porque el cuerpo humano flota en un medio acuoso de forma natural. El que no aprende a nadar no lo hace simplemente porque tiene miedo. Primero nadábamos como ranas y después aprendimos observando a los chicos punteros, que nadaban como pejes, y de algunos adultos que tenían buen estilo, como es el caso de D. Basilio Francés y sus hijos entre los veraneantes, o Manego, Lele o Juana, entre los locales, que eran consumados nadadores.

   Pero la presnecia del mar en nuestras vidas no se limitaba a la hora del baño pues, si podíamos, estábamos desde el amanecer en sus orillas, mariscando, pescando, jugando con barcos de lata o disfrutando del más sencillo de los entretenimientos: lanzar callaos al mar con cierto estilo para que rebotaran varias veces sobre su superficie. Pero eso es el inicio de otra entrega.


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lunes, 22 de noviembre de 2010

Jorge Negrete. "Canaima" (1945)

Pasquín publicitario que se entregaba a la entrada de los cines para anunciar próximos estrenos
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TARDES DE CINE


Fotografía de estudio. Archivo familiar de Carmen y Víctor Núñez. De izquierda a derecha: Enriqueta, Concepción y Cándido Núñez Fuentes (c.1909). El primer cinematógrafo de la Punta del Hidalgo se inauguró por iniciativa de Cándido Núñez en las "Casas de Perera" en 1931. Enriqueta fue también veraneante de la Punta toda la vida junto con su esposo, Eugenio Martín, y sus hijos Elena y Enrique (Quique), el cual fue uno de los fundadores de los Sabandeños.

El cinematógrafo, que así se llamaba por aquel entonces, llegó a la Punta del Hidalgo en el primer tercio del siglo XX. Desconozco si antes de 1931 hubo cine en el lugar, pero en ese año mi tío abuelo Cándido Núñez Fuentes solicitó permiso al Ayuntamiento de La Laguna para abrir una sala de cine en las Casas de Perera (1). Desde esa fecha resulta para mí difícil descifrar qué ocurrió hasta mi niñez, pero ya en esa edad el cine era parte sustancial del entretenimiento en la Punta, aunque ya vinculado a otra empresa. 

La sala de exhibición de aquella época estaba, y aún está el edificio, a un lado de la Carretera General, muy cerca de donde estuvo la pequeña y familiar Oficina de Correos. En aquella época las proyecciones se hacían en determinados días de la semana existiendo, que yo recuerde, dos sesiones los domingos, una para niños a las cuatro de la tarde, y otra para adultos al anochecer. Es probable que en mitad de la semana tambié hubiera proyección al menos un día.

Subíamos presurosos y endomingados por el Toscalito bajo un sol de justicia, con el dinero para el cine y una peseta para golosinas. Todos los chiquillos nos arremolinábamos en torno a la taquilla y al entrar ocupábamos los lugares que estuvieran libres. Las instalaciones del local eran anárquicas: había butacas propias de una sala de cine, todas ellas de madera y sin tapizar, pero abundaban bancos rústicos con o sin respaldo y sillas de tijera. Pero esas incomodidades son poca cosa cuando se tienen pocos años y el interés estaba puesto en la magia de la pantalla.

Las películas, - previo inevitable y atrasado "NODO", que traía siempre alguna inauguración importante y la apertura del año judicial ¡del año anterior!- , solían tener una temática bastante homogénea: cine del oeste, de aventuras, de romanos y alguna que otra musical, algo que nos reventaba. Ver aparecer en la pantalla a Joselito cantando en "El pequeño ruiseñor..."; con Marisol éramos más indulgentes, aunque los de La Laguna ya las habíamos visto todas en el cine Coliseum o en el Parque Victoria, pero ahora tenían el "aliciente" de que eran entrecortadas y con planos completos ausentes de la trama porque, como característica general, la cinta se rompía una y otra vez, con el consiguiente pataleo, que era también parte consustancial de la diversión. Previo a esos pataleos ocasionales ya había habido uno general por la tardanza en el inicio de la sesión. Aquel inevitable, "¡ que empiece ya, que ya es la hora!", era coreado de manera universal y reiterada.

Además de esas, había interrupciones previstas. De repente se hacía la oscuridad en la sala, desapareciendo las imágenes de la pantalla y oyéndose en la penunbra una voz que salía de la cabina de proyección que decía gritando para hacerse oir en medio del barullo: "¡Caaambio de bobina!"

Con todo, lo mejor de la diversión era el descanso, ya que salíamos en tropel hacia la cantina para beber un vaso de Clipper caliente y de color reflectante, así como comprar paquetes de chicle Bazooka, que habríamos rápidamente para ver los "chistes", viñetas que por estos lares siempre estaban en inglés y que nadie entendía ni por asomo, en una época en la que eso de los idiomas se cultivaba poco en las escuelas. Uno de aquellos veranos se nos sentaba de forma reiterada en la fila delantera una niña que tenía abundantes tirabuzones y que, además de taparnos la visión tenía en su contra que no era de la Hoya, era de "allá alante". ¿Hace falta explicar en dónde acabaron los chicles Bazooka uno de aquellos domingos tórridos? A la semana siguiente nuestra pobre víctima apareció con sus amigas y con el pelo corto, no sé si para alivio de ella, pero casi seguro que con el disgusto tremebudo de su madre.

La salida, una vez terminado el pase de la película, era apoteósica. En tropel y a empujones los grupos afines nos reuníamos para regresar hasta los repectivos barrios punteron. Corriendo Toscalito abajo imitábamos, como otros chicos de la época, lo que acabábamos de ver en la pantalla, fuera una película de romanos o del oeste, acabando en más de una ocasión a pedrada limpia entre diferentes pandillas por interpretaciones banales del guión. Era casi tradicional que al menos una vez en verano, bajando a la carrera, tropezáramos con alguna piedra y nuestras rodillas acabaran ensangrentadas.

El cine constituyó, para la sociedad en general, una fuente de nuevos mitos. Tal era el caso de una vecina de la carretera, muy buena persona, conocida como Eugenia "la Tambora". Mujer alta y espigada que vestía faldas superpuestas para disimular su delgadez y que era una fervorosa seguidora del intérprete de "¡Ay Jalisco, no te rajes!", Jorge Negrete. Se decía que, cuando el actor y cantante falleció en 1953 Eugenia se puso de luto, sacó sus ahorrillos y se fue a ver al cura para que dijera con ellos misas por el difunto... Se gastó unos buenos duros, dicen, porque el cura estuvo nombrando en las misas a Jorge Negrete durante un año. Puede que sea una leyenda..., o puede que no.

TEXTO: V. Núñez
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(1) Ramírez Guedes, E. "El espectáculo cinematográfico en La Laguna. Desde sus inicios hasta la Guerra Civil". Exmo. Ayuntamiento de La Laguna, Año 2020. Pág.110.


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jueves, 18 de noviembre de 2010

AÑOS 50. MIS VIVENCIAS



  











Punta del Hidalgo. Imágenes del Puertito, 1939.
Autor de las fotografías: Víctor Núñez Izquierdo.
Texto: Víctor Núñez García.


En un espacio de más de veinte años hasta mi nacimiento (1950), como es natural, sucedieron muchas cosas en La Punta. Algunas de ellas están recogidas en el libro de María Rosa Alonso, "Un rincón tinerfeño. La Punta del Hidalgo", en artículos de ella misma publicados en "El Día", o de mi padre, Víctor Núñez Izquierdo. Otras, en cambio, se conservaron en las mentes de sus protagonistas o espectadores como anécdotas de vivencias muy personales. Algunas de ellas se comentaban y repetían en las largas sobremesas o en las tertulias, fueran ellas mañaneras o nocturnas, a la luz éstas del espléndido cielo puntero, aún sin contaminación lumínica. Tal era el caso de la pequeña y trágica historia de Donato, pescador de la Hoya Baja, hombre bregado en mares, que murió ahogado en un charquito minúsculo cuando le dio una crisis de epilepsia mientras buscaba carnada. Alguna de esas historias quedaban en la memoria, como las míticas pesquerías en las Salvajes o las peleas a remazo limpio con los pescadores del Pris o del Valle...

En aquella época, antes de la llegada de los "infiernillos" todavía se cocinaba en la casa de los abuelos con carbón. La cantidad de carbón necesario para usar en le verano se encargaba de un año para otro. Me llamaba la atención la llegada de aquellas mujeres que bajaban, algunas descalzas, desde las Montañas, nombre genérico para designar esa parte de la isla que es la cordillera de Anaga. Venían de Chinamada y los Batanes por las laderas del barranco de Azoca, cargadas con enormes sacos de carbón a la cabeza. Tocaban a las puertas -entiéndase esto como una licencia literaria, porque en la Punta nadie cerraba las puertas- con su mercancía. Mi abuela o Ángela las hacían pasar a la cocina para que almorzaran y que no tuvieran que regresar, barranco arriba, con el estómago vacío. En otras ocasiones traían frutas tempraneras: los primeros higos de leche, uvas, albaricoques o peras pierna de monja(1), de color pálido, pequeñas y sabrosas, que eran las preferidas de mi abuelo. Alguna de aquellas mujeres solía traer moras cuando era la temporada, con una cacharra en la cabeza y otra en una mano, anunciando a voz en cuello su preciosa mercancía color granate: "¡A las moras! ¡A las moras!"

Durante mi niñez la jornada empezaba en la casa antes de que Eulogio pusiera a funcionar "la máquina del agua" a las siete en punto de la mañana. La Máquina, vamos a ponerla con mayúsculas dada su importancia social y económica, estaba al lado del Puertito y aún se pueden ver allí sus ruinas, que bien podrían adecentarse como expresión de eso que se llama arquelogía industrial. Se oía un "puf, puf, puf" lento e inconfundible, que poco a poco iba ganando en intensidad y ritmo hasta que el motor arrancaba en serio. El olor a gasoil llegaba hasta mi cama, siendo ese el momento de comenzar a desperezarse. También era el instante en que mi abuelo Víctor encendía la primera cachimba del día, aún en la cama, e intentaba llamar mi atención para iniciar una conversación, cosa que hacía con una expresión propia  e inconfundible: "¡piichuuu...!" Era también el momento en que aparecía Ángela con sendas limonadas muy azucaradas.

Cuando, a continuación, me asomaba al balcón y había marea baja, ya Eulogio "el de la Máquina" estaba en la Bajeta con su caña, dedicado a pasar la mañana pescando viejas, algo en lo que era un consumado maestro.

A esa hora ya hacía tiempo que los pescadores habían salido a la mar, después de haberse pasado la primera parte de la noche buscando carnada por el callao de Bajamar y la Punta. En esas horas nocturnas los "jachos" de petróleo brillaban por la costa, pudiendo adivinarse quiénes eran sus portadores por el lugar en donde se encontraban. A la mañana bien temprano, aún sin clarear el día, se les oía pasar en dirección al Puertito conversando.Con el tiempo, la reiteración y la costumbre podía identificar quiénes eran cada uno de ellos sin verlos, solo por sus voces. Con todo, estos hombres acostumbrados a la rudeza de su oficio, solían ser parcos en palabras, especialmente con aquellos que no les eran muy conocidos. Pasaban cargados con la carnada, las cañas y el resto de aparejos necesarios para comenzar una jornada de trabajo.

Eran seres solidarios, reconociendo así su pequeñez al lado de la inmensidad del océano. Se ayudaban unos a otros a sacar las barcas, que una tras otra salían a mar abierta por la pequeña bocana del puerto en dirección al Valle, las Salvajes, los Roques..., siempre costeando y fijando a veces su rumbo por accidentes geográficos de la costa o por árboles concretos que en ella habían. Cuando la mar estaba de bonanza y el viento era propicio, usaban velas. En aquellos tiempos aún no habían llegado los pequeños motores que facilitaron después las faenas. Todo era a golpe de brazo y constancia, dependiendo de sus propias fuerzas ante las embestidas imprevistas de la mar.

Los primeros motores produjeron una auténtica revolución. La chiquillería se arremolinaba en el Puertito o en la Muralla de la carretera gritando al unísono: "¡Un "baico" moto-o-or! ¡Un "baico" moto-o-or!, con un cantito rítmico y característico que duraba hasta que las barcas entraban por la bocana. Algunos de los chicos, conscientes de que sus padres no tenían aún motor, cuando los veían regresar con la vela desplegada, gritaban en competición con los otros: "¡Un "baico e" ve-e-la! ¡Un "baico e" ve-e.la!". Al final, todos salían corriendo para ayudar a varar la barca y en la limpieza de las panas que, con suerte y si los dejaban, podían servirles para coger olas por un rato, mientras los más pequeños nadaban completamente desnudos en las aguas del Puertito.

La arribada de las barcas llenaba de gente el lugar: las mujeres se aprestaban a llenar las barquetas y las cestas con el fruto de la pesca, cubriendo las cabrillas, los meros, las saifías o lo que hubieren pescado, con "musgo" y un paño limpio, para salir a continuación a venderlo por Bajamar, Tejina, Tegueste, La Laguna.... Una de ellas, Candelaria, mujer dispuesta y con iniciativa, solía ir a La Laguna, pregonando por las calles a voz en cuello su mercancía, con una entonación que la hacía identificable a varias manzanas: "¡Al pescaaado! ¡Al pescaaado! ¡Al pescaaadooooo! ¡A las cabrillas, que están fresquitas!". "Son de la Punta, mi niña, están fresquitas", solía contestar a las "feligresas" que le preguntaban por lo que llevaba en su cesta.

En el Puertito se congregaban además de los protagonistas, curiosos y veraneantes, que a veces ayudaban a varar las barcas. Estas eran limpiadas con esmero, con un grado de perfeccionismo asombroso. Todo tenía que quedar en perfecto estado y limpio para la siguiente jornada. Cuando la mar estaba mala se aprovechaba para repasar posibles roturas o desgastes producidos por el tiempo y la faena. Se repintaban con esmero, y con pulso se reponían los nombres que tenían y que evocaban las más de las veces a mujer, madre o hija. En un oficio duro, ese tiempo de relativo solaz se usaba también para contar historias de la mar, mientras algunos encendían en un lento ceremonial la cachimba o el cigarro...
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(1) Sobre esa y otras variedades de peras ver el interesante artículo de Antonio Javier González Díaz, "Los Perales de Viera. Perales tradicionales de Canarias". http://www.rinconesdelatlantico.com/